Liturgia

Published on Junio 10th, 2017 | by MTCV

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La Santísima Trinidad (11-06-17)

20140497CONFIAR EN DIOS

VIVIR A DIOS DESDE JESÚS

CON EL CORAZÓN APENADO

 
El esfuerzo realizado por los teólogos a lo largo de los siglos para exponer con conceptos humanos el misterio de la Trinidad apenas ayuda hoy a los cristianos a reavivar su confianza en Dios Padre, a reafirmar su adhesión a Jesús, el Hijo encarnado de Dios, y a acoger con fe viva la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.
Por eso puede ser bueno hacer un esfuerzo por acercarnos al misterio de Dios con palabras sencillas y corazón humilde siguiendo de cerca el mensaje, los gestos y la vida entera de Jesús: misterio del Hijo de Dios encarnado.
El misterio del Padre es amor entrañable y perdón continuo. Nadie está excluido de su amor, a nadie le niega su perdón. El Padre nos ama y nos busca a cada uno de sus hijos e hijas por caminos que sólo él conoce. Mira a todo ser humano con ternura infinita y profunda compasión. Por eso, Jesús lo invoca siempre con una palabra: “Padre”.
Nuestra primera actitud ante ese Padre ha de ser la confianza. El misterio último de la realidad, que los creyentes llamamos “Dios”, no nos ha de causar nunca miedo o angustia: Dios solo puede amarnos. Él entiende nuestra fe pequeña y vacilante. No hemos de sentirnos tristes por nuestra vida, casi siempre tan mediocre, ni desalentarnos al descubrir que hemos vivido durante años alejados de ese Padre. Podemos abandonarnos a él con sencillez.
Nuestra poca fe basta.
También Jesús nos invita a la confianza. Estas son sus palabras: “No viváis con el corazón turbado. Creéis en Dios. Creed también en mí”. Jesús es el vivo retrato del Padre. En sus palabras estamos escuchando lo que nos dice el Padre. En sus gestos y su modo de actuar, entregado totalmente a hacer la vida más humana, se nos descubre cómo nos quiere Dios.
Por eso, en Jesús podemos encontrarnos en cualquier situación con un Dios concreto, amigo y cercano. Él pone paz en nuestra vida. Nos hace pasar del miedo a la confianza, del recelo a la fe sencilla en el misterio último de la vida que es solo Amor.
Acoger el Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús, es acoger dentro de nosotros la presencia invisible, callada, pero real del misterio de Dios. Cuando nos hacemos conscientes de esta presencia continua, comienza a despertarse en nosotros una confianza nueva en Dios. Nuestra vida es frágil, llena de contradicciones e incertidumbre: creyentes y no creyentes, vivimos rodeados de misterio. Pero la presencia, también misteriosa del Espíritu en nosotros, aunque débil, es suficiente para sostener nuestra confianza en el Misterio último de la vida que es solo Amor.

VIVIR A DIOS DESDE JESÚS

Los teólogos han escrito estudios profundos sobre la vida insondable de las personas divinas en el seno de la Trinidad. Jesús, por el contrario, no se ocupa de ofrecer este tipo de doctrina sobre Dios. Para él, Dios es una experiencia: se siente Hijo querido de un Padre bueno que se está introduciendo en el mundo para humanizar la vida con su Espíritu.

Para Jesús, Dios no es un Padre sin más. Él descubre en ese Padre unos rasgos que no siempre recuerdan los teólogos. En su corazón ocupan un lugar privilegiado los más pequeños e indefensos, los olvidados por la sociedad y las religiones: los que nada bueno pueden esperar ya de la vida.

Este Padre no es propiedad de los buenos. «Hace salir su sol sobre buenos y malos». A todos bendice, a todos ama. Para todos busca una vida más digna y dichosa. Por eso se ocupa de manera especial por quienes viven «perdidos». A nadie olvida, a nadie abandona. Nadie camina por la vida sin su protección.

Tampoco Jesús es el Hijo de Dios sin más. Es Hijo querido de ese Padre, pero, al mismo tiempo, nuestro amigo y hermano. Es el gran regalo de Dios a la humanidad. Siguiendo sus pasos, nos atrevemos a vivir con confianza plena en Dios. Imitando su vida, aprendemos a ser compasivos como el Padre del cielo. Unidos a él, trabajamos por construir ese mundo más justo y humano que quiere Dios.

Por último, desde Jesús experimentamos que el Espíritu Santo no es algo irreal e ilusorio. Es sencillamente el amor de Dios que está en nosotros y entre nosotros alentando siempre nuestra vida, atrayéndonos siempre hacia el bien. Ese Espíritu nos está invitando a vivir como Jesús que, «ungido» por su fuerza, pasó toda su vida haciendo el bien y luchando contra el mal.

Es bueno culminar nuestras plegarias diciendo «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo» para adorar con fe el misterio de Dios. Y es bueno santiguamos en el nombre de la Trinidad para comprometemos a vivir en el nombre del Padre, siguiendo fielmente a Jesús, su Hijo, y dejándonos guiar por su Espíritu.

CON EL CORAZÓN APENADO

No quiero vivir la fiesta de la Trinidad apartando la mirada del mundo. No puedo estar alegre y celebrar la «fiesta de Dios» olvidando a sus hijos e hijas, torturados, aterrorizados, violados y degradados de mil maneras. Me resulta imposible escribir algo sugerente sobre el misterio de Dios cuando llevo meses con el corazón encogido por la fuerza destructora del mal.

Necesito creer en Dios «Padre» de todos los pueblos y religiones, fuerza creadora que nos quiere bien a todos. Roca firme y sólida en quien podemos echar nuestras raíces con confianza y sin temor en estos tiempos de inseguridad y brutalidad. El «único bueno» como decía Jesús.

Necesito creer en Jesús, «Hijo de Dios» y hermano, a quien podemos agarrarnos para no olvidar nuestra dignidad. En él descubro el rostro y el corazón de Dios. En él le siento a Dios muy cerca, torturado y crucificado junto a tantos otros. A él me quiero agarrar en estos tiempos de confusión en que se nos quiere engañar de tantas maneras.

Necesito creer en el «Espíritu transformador» de Dios que no abandona nunca a ningún ser humano. Dador de vida y defensor de todos los pobres en estos tiempos de tanta indefensión y desvalimiento. Necesito dejarme alentar por él para no caer en la desesperanza.

Quiero amar a Dios Padre amando la vida que nace de él y luchando siempre a favor de sus criaturas. Es mejor construir que destruir, es mejor hacer el bien que dañar, es mejor la paz que la guerra, es mejor acoger que rechazar, besar que no besar, ser que no ser.

Quiero amar a Jesús, Hijo de Dios encarnado, defendiendo antes que nada y por encima de todo su proyecto de vida. Jesús lo llamaba el «reino de Dios y su justicia». Un proyecto tantas veces olvidado, traicionado, desfigurado y trivializado por quienes nos decimos la «Iglesia de Jesús».

Quiero acoger al Espíritu Santo de Dios para mantener siempre mi resistencia firme ante los «amos del mundo». Quiero pensar, sentir y actuar contra sus proyectos de muerte y desprecio a los pequeños. No me puedo imaginar otra manera de vivir amando a Dios y alabando su misterio de Amor.


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Religiosa de Jesús-María



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