Liturgia

Published on diciembre 15th, 2017 | by MTCV

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3º Domingo de Adviento (17-12-17)

Uno a quien no conocéis J. A. Pagola

El hecho puede parecer paradójico pero es real. Jesucristo, personaje aparentemente conocido por todos, es para muchos contemporáneos un perfecto desconocido.

Son bastantes los que creen conocerlo suficientemente, incluso, como para opinar categóricamente sobre él. Y sin embargo, lo que saben de Jesús apenas supera un conjunto de tópicos, imágenes confusas o impresiones infantiles.

En realidad, su conocimiento de Jesús ha quedado reducido al recuerdo vago de unos relatos simplistas y pintorescos. No sabrían decir que relación puede haber entre ese Jesús y la realidad que viven día tras día.

Jesús es para ellos algo pueril y anecdótico que no puede aportar nada válido a la existencia si no es un poco de poesía y utopía ingenua. La persona realmente seria tiene que buscar en otra dirección.

Más sorprendente resulta detectar la ignorancia de los que se dicen «cristianos». No son pocos los que se contenta con afirmar con los labios «la doctrina católica» que la Iglesia enseña sobre Jesucristo. Ello les proporciona suficiente seguridad y tranquilidad religiosa como para no realizar esfuerzo alguno por conocer la persona, el mensaje y la actuación de Jesús.

Otros se interesan, sobre todo, por el magisterio del Papa en la medida en que puede ofrecer una estabilidad mayor a la familia, a la sociedad y a la historia de los seres humanos, pero no se preocupan de encontrar en Jesús el inspirador de sus vidas. Se podría eliminar de su religión la persona de Jesucristo y nada vital habría cambiado en ellos.

Si el Bautista recorriera hoy nuestra sociedad contemporánea, podría repetir las mismas palabras de otro tiempo: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis».

Antes que adoptar una postura seria y responsable ante la fe cristiana, deberíamos conocer mejor la persona misma de Jesucristo y todo lo que puede significar de interrogante, desafío, interpelación y promesa para la persona de todos los tiempos.

Javier Sádaba ha afirmado que «lo normal y extendido en nuestros días es que una persona adulta y razonablemente instruida no es un creyente o un incrédulo, sino que se despreocupa de tales cuestiones». Aparte de lo cuestionable de tal afirmación, es triste encontrarse con «personas adultas y razonablemente instruidas» cuya ignorancia e indocumentación sobre Jesús es casi total.

EN MEDIO DEL DESIERTO

Los grandes movimientos religiosos han nacido casi siempre en el desierto. Son los hombres y las mujeres del silencio y la soledad los que, al ver la luz, pueden convertirse en maestros y guías de la humanidad. En el desierto no es posible lo superfluo. En el silencio solo se escuchan las preguntas esenciales. En la soledad solo sobrevive quien se alimenta de lo interior.

En el cuarto evangelio, el Bautista queda reducido a lo esencial. No es el Mesías, ni Elías vuelto a la vida, ni el Profeta esperado. Es «la voz que grita en el desierto». No tiene poder político, no posee título religioso alguno. No habla desde el templo o la sinagoga. Su voz no nace de la estrategia política ni de los intereses religiosos. Viene de lo que escucha el ser humano cuando ahonda en lo esencial.

El presentimiento del Bautista se puede resumir así: «Hay algo más grande, más digno y esperanzador que lo que estamos viviendo. Nuestra vida ha de cambiar de raíz». No basta frecuentar la sinagoga sábado tras sábado, de nada sirve leer rutinariamente los textos sagrados, es inútil ofrecer regularmente los sacrificios prescritos por la Ley. No da vida cualquier religión. Hay que abrirse al Misterio del Dios vivo.

En la sociedad de la abundancia y del progreso se está haciendo cada vez más difícil escuchar una voz que venga del desierto. Lo que se oye es la publicidad de lo superfluo, la divulgación de lo trivial, la palabrería de políticos prisioneros de su estrategia, y hasta discursos religiosos interesados.

Alguien podría pensar que ya no es posible conocer a testigos que nos hablen desde el silencio y la verdad de Dios. No es así. En medio del desierto de la vida moderna podemos encontrarnos con personas que irradian sabiduría y dignidad, pues no viven de lo superfluo. Gente sencilla, entrañablemente humana. No pronuncian muchas palabras. Es su vida la que habla.

Ellos nos invitan, como el Bautista, a dejarnos «bautizar», a sumergirnos en una vida diferente, recibir un nuevo nombre, «renacer» para no sentirnos producto de esta sociedad ni hijos del ambiente, sino hijos e hijas queridos de Dios.

 


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Religiosa de Jesús-María



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